Por Giorgio Trucchi |Pagine Esteri
En los últimos cinco años, la región ha registrado más de 19.000 feminicidios. Honduras y Guatemala se encuentran entre los países más afectados, mientras que más del 90% de las muertes violentas quedan impunes. Las organizaciones feministas denuncian la ineficacia del endurecimiento de las penas y reclaman prevención, investigaciones eficaces y políticas integrales contra la violencia de género.
El Observatorio de Igualdad de Género de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) de las Naciones Unidas ha registrado 19.254 feminicidios en los últimos cinco años, es decir, 11 muertes violentas de mujeres por motivos de género al día, una cada dos horas.
En 2024, 14 de los 25 países con las tasas de incidencia relativa de feminicidios más altas del mundo se encuentran en América Latina y el Caribe (ONU Mujeres y CEPAL), encabezados por Honduras, con 4,7 víctimas por cada 100.000 mujeres, Guatemala (1,9) y la República Dominicana (1,7). Todo ello sin tener en cuenta el enorme subregistro de datos, debido principalmente al miedo o a la imposibilidad de denunciar y, muy a menudo, a la falta de confianza en las fuerzas de seguridad y en los operadores de justicia, considerados indiferentes, arrogantes o, incluso, cómplices de los delincuentes.
Estas cifras superan con creces la media ponderada de la región, que oscila entre 1 y 1,3 casos por cada 100.000 mujeres. Brasil y México encabezan la lista de países con el mayor número absoluto de feminicidios, con 1.568 y 768 asesinatos, respectivamente (2025). El 42% de los ataques mortales los comete la pareja o la ex-pareja, y el entorno doméstico constituye el principal foco de riesgo, en particular para las mujeres de entre 21 y 30 años (22% de los feminicidios).
La mayoría de los agresores formaban parte del círculo más cercano de las víctimas. Por primera vez, los delitos sexuales (44%) superan a los delitos contra la vida (31%), afectando principalmente a niñas y jóvenes (297). Las denuncias por violencia doméstica ascendieron a 41.895 y las de maltrato familiar a 48.642.
En los primeros seis meses de 2026, la situación no ha cambiado. El Observatorio ha registrado 126 muertes violentas de mujeres, una cada 34 horas. En mayo fueron asesinadas 8 mujeres en solo cuatro días, cuatro de ellas menores de edad.
«Estas cifras no son estadísticas abstractas, son vidas arrebatadas, familias destrozadas, hijos e hijas que crecen sin sus madres. Cada cifra tiene un nombre, una historia y una comunidad que llora su ausencia. Ante esta realidad, ninguna organización comprometida con los derechos de las mujeres puede permanecer en silencio», advierten en una declaración conjunta.
En 2013, tras una larga lucha, el movimiento de mujeres hondureño logró un éxito histórico: la tipificación del delito de feminicidio. A pesar de ello, como acabamos de ver, la emergencia no ha cesado y las cifras ponen de manifiesto una situación extremadamente preocupante.
El nuevo Congreso, controlado por las fuerzas ultraconservadoras del bipartidismo tradicional como resultado de unas «elecciones fraudulentas» y fuertemente condicionadas por la injerencia estadounidense y las denuncias de fraude, ha aprobado una reforma que endurece las penas por el delito de feminicidio (de 25 a 30 años) y por el feminicidio agravado (entre 40 y 60 años) y crea órganos judiciales especializados.
Por último, denuncian la hipocresía de la agenda ultraconservadora que ha legislado la prohibición total y absoluta del aborto, blindándola con una reforma que solo permite su modificación con el voto favorable de tres cuartas partes de los diputados, y que conspira, junto con el integralismo religioso, para negar los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. «La deriva fundamentalista religiosa y su incidencia en los derechos de las mujeres es una constante global que va de la mano de la radicalización hacia la derecha de los gobiernos de la región, convirtiéndose en uno de sus instrumentos privilegiados», concluye la abogada del Cdm.
También es muy grave la situación que viven las mujeres en Guatemala, país que ocupa el segundo lugar entre los que tienen el mayor índice relativo de feminicidios. En 2025, se registraron 595 muertes violentas, lo que supone un aumento del 6% con respecto al año anterior, de las cuales 206 fueron feminicidios (+14,4%). Las denuncias por violencia de género ascendieron a 17 al día, con una tasa de 402,2 denuncias por cada 100.000 mujeres (fiscalía general). A pesar de ello, solo el 9% de las personas que sufren violencia denuncian los abusos. Este subregistro afecta especialmente a los pueblos indígenas, que en Guatemala representan el 46,3% de la población total (Revista Puentes de Diálogos).
A pesar de que en 2008 las organizaciones de mujeres y feministas lograran la aprobación de normativas especiales contra el feminicidio y otras formas de violencia contra las mujeres (Decreto 22-2008), con penas de entre 25 y 50 años, y para la búsqueda inmediata de mujeres desaparecidas (Decreto 9-2016), Guatemala sigue siendo uno de los países del mundo donde más mujeres mueren y desaparecen. Se calcula que al menos 13.800 mujeres desaparecieron en los últimos siete años, es decir, casi cinco al día.
«Debemos volver a la historia de Guatemala, un Estado con características coloniales que siempre ha representado los intereses de las oligarquías nacionales y del capital multinacional, excluyendo sistemáticamente a los pueblos indígenas y a las mujeres. Un Estado que, además, oculta esta realidad tras una falsa narrativa de defensa de los derechos de las personas», explica a Pagine Esteri, Virginia Gálvez, miembro de la Colectiva feminista Actoras de Cambio.
Los 36 años de conflicto armado interno y de represión feroz, con más de 200.000 víctimas y al menos 45.000 desaparecidos, así como la influencia directa de Estados Unidos en las políticas contrainsurrecionales, han utilizado la militarización y el control masculino de los territorios, así como la violencia sexual, como armas contra los pueblos, contra las mujeres mayas y las mujeres organizadas.

Diversas organizaciones de mujeres y feministas señalan la atención a las supervivientes, el litigio estratégico y la lucha contra la impunidad, la sanación ancestral y comunitaria y la labor de sensibilización política como los principales elementos de una estrategia integral para hacer frente al flagelo del feminicidio y la violencia de género.
Para la activista, es fundamental hacer que el Estado asuma sus responsabilidades, denunciando su hipocresía, legitimando el trabajo de las organizaciones, creando mecanismos de respuesta y reparación, de sanación y recuperación de las mujeres, y generando condiciones sociales que impidan la repetición.
«Hay condiciones estructurales que deben cambiarse, pero también debemos avanzar en la lucha contra la impunidad, en la denuncia de la falsa protección por parte del Estado, rompiendo el silencio, reapropiándonos de nuestra voz, de nuestro cuerpo, de nuestra historia», concluye.
Fuente: Pagine Esteri (italiano)
Fotos: Giorgio Trucchi | LINyM




