Por Giorgio Trucchi | Pagine Esteri
El
férreo control de las instituciones y el giro autoritario en El
Salvador ocultan, tras el espejo de la propaganda, un grave retroceso en
materia de derechos humanos y un dramático balance económico marcado
por la pobreza y el endeudamiento neoliberal.
Para sorpresa de
todos, el presidente salvadoreño Nayib Bukele decidió sustituir el
clásico informe en la Asamblea Legislativa sobre su gestión de Gobierno
por una retransmisión en cadena dedicada a la inauguración del nuevo
Hospital Rosales. Este 1 de junio, por tanto, no hubo balance político
de sus siete años de gobierno, ni anuncios sobre las prioridades de la
acción gubernamental para 2026, sino solo la presentación de una obra
que, según el presidente, dará inicio a una transformación de la salud
pública.
Bukele ha iniciado así su octavo año al frente de El
Salvador, el tercero de su segundo mandato (2024-2029), al que,
recordemos, sólo pudo postularse gracias a una interpretación
excesivamente flexible por parte de la Sala Constitucional de un
artículo que prohibía el doble mandato presidencial consecutivo. Gracias
a una abrumadora mayoría parlamentaria y al control casi total de las
instituciones, Bukele impuso luego una serie de reformas
constitucionales, entre ellas la reelección presidencial indefinida y la
ampliación del mandato de 5 a 6 años.






















