03 julio 2026

Cuba y la fábrica de la disidencia

El ataque de Anna Bensi a Gerardo Hernández y la construcción de la oposición cubana por parte de Washington.

Por Federica Cresci | Cuba Mambí – Grupo de Acción Internacionalista

En los últimos días, una joven influencer cubana, Anna Bensi, ha quedado en el centro de una polémica con Gerardo Hernández, uno de los Cinco Héroes Cubanos. La joven, conocida en las redes sociales por sus posiciones anticubanas y anticastristas, fue rápidamente promocionada por los principales medios del exilio cubano en Miami y respaldada por los sectores políticos que desde hace años impulsan la oposición al gobierno de La Habana.

La controversia surgió a raíz de acusaciones dirigidas contra Gerardo Hernández y pronto se convirtió en un caso mediático. Más allá de la polémica en sí, el episodio ofrece una oportunidad para reflexionar sobre un fenómeno mucho más amplio: el papel desempeñado por los medios de comunicación, las organizaciones y los programas financiados por Estados Unidos en la construcción de la oposición cubana durante las últimas décadas.

De hecho, esta última polémica entre Anna Bensi y Gerardo Hernández remite a un mecanismo político que opera desde hace más de sesenta años contra la Revolución cubana y que continúa reproduciéndose con rostros, instrumentos y lenguajes diferentes.La influencer en cuestión es presentada como una voz espontánea de la oposición cubana. Cada cual es libre de creerlo. Lo que no puede ignorarse es el contexto en el que su imagen es construida, promovida y amplificada.

Desde hace décadas, el gobierno de Estados Unidos financia programas destinados a influir en la vida política cubana. No se trata de acusaciones ni de teorías. Se trata de documentos oficiales. A través de USAID, la NED, el Departamento de Estado y otras estructuras federales, Washington ha destinado cientos de millones de dólares a proyectos orientados al llamado “cambio democrático” en Cuba.

Solo en 2024, USAID destinó 2,3 millones de dólares a programas mediáticos dirigidos a Cuba. Reuters documentó que CubaNet, una de las principales plataformas que promueven contenidos de la oposición cubana, recibió 500.000 dólares para llegar a los jóvenes cubanos de la isla mediante contenidos multimedia.

La National Endowment for Democracy continúa financiando programas destinados a medios de comunicación, activistas y organizaciones que operan contra el sistema político cubano. Radio Martí y TV Martí, presentadas durante años como instrumentos de información independiente, son en realidad estructuras financiadas directamente por el gobierno de Estados Unidos y han seguido recibiendo decenas de millones de dólares en fondos públicos.

Esta estrategia no pertenece al pasado. Mientras los medios y los influencers de la oposición son promovidos como voces espontáneas de la sociedad cubana, Washington continúa utilizando abiertamente su poder diplomático contra la isla. Precisamente en estos días, un cable del Departamento de Estado, revelado por The Nation y atribuido a directrices del secretario de Estado Marco Rubio, muestra el intento de Estados Unidos de presionar a gobiernos de todo el mundo para obstaculizar el debate solicitado por Cuba en la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre el bloqueo económico.

Según el documento, las embajadas estadounidenses recibieron instrucciones para impulsar a los países aliados a no atribuir la crisis cubana a las sanciones y al bloqueo, y para contrarrestar las posiciones favorables a la isla. A los gobiernos que tradicionalmente apoyan a Cuba en las Naciones Unidas también se les dirige una clara advertencia diplomática: evitar declaraciones que puedan generar fricciones con Washington.

No estamos ante una simple controversia diplomática. Estamos ante la confirmación de que la presión contra Cuba se ejerce simultáneamente en los terrenos económico, mediático, político e internacional.

La historia es larga. Existieron Radio Martí y TV Martí. Existieron programas de financiamiento a grupos opositores. Existió ZunZuneo, la red social creada secretamente por USAID para influir en la sociedad cubana. Existieron programas de infiltración en la escena cultural y musical de la isla. Han existido operaciones, financiamientos, campañas mediáticas y presiones diplomáticas que se han sucedido bajo administraciones republicanas y demócratas sin diferencias sustanciales.

Cambian los presidentes. No cambia la política hacia Cuba.

En este contexto, Anna Bensi no representa ninguna novedad. Representa una continuidad.

Antes que ella, la misma operación fue realizada con otros rostros de la oposición cubana. A lo largo de los años, los medios occidentales y las organizaciones respaldadas por Estados Unidos promovieron figuras como Oswaldo Payá, Yoani Sánchez, Guillermo Fariñas, Berta Soler y las Damas de Blanco, José Daniel Ferrer, Luis Manuel Otero Alcántara y muchos otros. Cada vez se habló del nuevo rostro de la libertad cubana, del nuevo líder destinado a conducir el cambio político en la isla, del símbolo capaz de representar al pueblo cubano frente a la Revolución. Cambian los nombres, pero el mecanismo permanece idéntico.

También en Italia esta operación de legitimación política encontró apoyos institucionales concretos. En 2009, Pietro Marcenaro, dirigente del Partido Democrático y presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Senado, señalaba a Raúl Rivero, Oscar Espinosa Chepe, Vladimiro Roca, Elizardo Sánchez, Oswaldo Payá y Manuel Cuesta Morúa como protagonistas de la batalla democrática contra Cuba.

En los años siguientes, bajo la presidencia de Luigi Manconi en la misma Comisión, figuras de la oposición cubana continuaron encontrando espacio y visibilidad en las instituciones italianas. Mientras Washington financiaba programas de cambio de régimen a través de USAID, la NED, Radio Martí y otras estructuras dedicadas a la desestabilización de Cuba, una parte de la política italiana ofrecía reconocimiento y legitimidad a los protagonistas de esa misma estrategia.

Hoy es el tiempo de los influencers.

Las redes sociales han sustituido a las viejas herramientas propagandísticas, pero la lógica sigue siendo la misma. Es en este contexto donde adquiere un significado particular el ataque contra Gerardo Hernández.

Gerardo Hernández no construyó su autoridad a través de TikTok, Facebook o campañas mediáticas. La construyó atravesando las cárceles estadounidenses y pagando personalmente el precio de sus convicciones políticas.

Durante más de dieciséis años estuvo encarcelado en Estados Unidos como parte del caso de los Cinco Cubanos. Mientras Washington financiaba programas, medios y organizaciones dedicados al cambio del sistema político cubano, Gerardo pagaba con su libertad una historia que millones de cubanos consideran parte de la defensa de su soberanía nacional.

Algunos se hacen famosos porque son promovidos. Otros se vuelven verdaderamente respetados porque están dispuestos a pagar personalmente el precio de sus ideas.

La diferencia entre una notoriedad construida con dinero y la autoridad moral nacida de la dignidad está precisamente ahí.

Por eso el caso de Anna Bensi no cuenta solamente la historia de una joven influencer. Cuenta la historia de una maquinaria política que desde hace más de sesenta años invierte dinero, estructuras, medios y recursos para construir una oposición funcional a los intereses de Estados Unidos en Cuba.

Los nombres cambian. La estrategia sigue siendo la misma.


Fuente: Sbloqueando